
Por Mike Zermeño
La Feria de Santa Rita bajó el telón una vez más. Atrás quedaron los juegos mecánicos iluminando las noches de mayo, los conciertos multitudinarios, las filas interminables y las miles de fotografías que inundaron las redes sociales. Pero más allá de la fiesta, vale la pena analizar lo que realmente dejó este evento para Chihuahua.
Porque Santa Rita ya no es solamente una feria. Se ha convertido en un termómetro social, económico y hasta político de nuestra ciudad.
En el terreno de los aciertos, resulta innegable que la edición 2026 logró consolidar una cartelera atractiva tanto en el Teatro del Pueblo como en el Palenque. Nombres como Christian Nodal, Carlos Rivera, Kenia Os, Grupo Firme, Yuridia, Edén Muñoz y María José permitieron atraer públicos de distintas generaciones y gustos musicales. La estrategia funcionó: durante varios días se registraron llenos importantes y una notable afluencia de visitantes. Incluso algunas jornadas superaron expectativas en asistencia.
La derrama económica también es un punto a favor. Hoteles, restaurantes, comercios, servicios de transporte y vendedores locales encontraron en Santa Rita una oportunidad para incrementar ingresos. En una ciudad que constantemente busca fortalecer su oferta turística y de entretenimiento, la feria sigue siendo uno de los eventos más importantes del calendario anual.
Sin embargo, no todo fue perfecto.
Las largas filas en accesos, estacionamientos saturados y algunos problemas logísticos volvieron a aparecer. Son situaciones recurrentes que, aunque no opacan el éxito general del evento, evidencian que el crecimiento de la feria exige una infraestructura cada vez más robusta. Cuando miles de personas coinciden en un mismo recinto, la experiencia del visitante también depende de la organización.
Y es precisamente ahí donde entra la política.
Cada edición de Santa Rita se convierte en una vitrina para los gobiernos en turno. Cuando la feria sale bien, las autoridades presumen resultados; cuando surgen críticas, la oposición encuentra argumentos para cuestionar gastos, contratos o prioridades. Este año no fue la excepción. Desde distintos sectores se solicitó mayor transparencia sobre recursos y apoyos destinados al evento, recordando que el entretenimiento financiado o respaldado con recursos públicos siempre estará bajo el escrutinio ciudadano.
Pero también sería injusto negar que la participación gubernamental ha permitido que Chihuahua cuente con espectáculos que difícilmente llegarían bajo un esquema completamente privado. La realidad es que la colaboración entre iniciativa privada y gobierno ha hecho posible una feria capaz de competir con eventos de otras entidades del país. La clave está en encontrar el equilibrio entre la promoción cultural, la rentabilidad económica y la rendición de cuentas.
Al final, Santa Rita deja una lección importante: los chihuahuenses tienen hambre de entretenimiento, de convivencia y de espacios donde puedan olvidarse por unas horas de los problemas cotidianos. La respuesta masiva a conciertos y actividades demuestra que existe una demanda real por espectáculos de calidad.
La feria terminó, pero la conversación apenas comienza. Porque cuando las luces se apagan y los escenarios se desmontan, queda la pregunta de fondo: ¿estamos viendo únicamente una fiesta popular o el reflejo de cómo Chihuahua quiere proyectarse hacia el futuro?
Quizá la respuesta sea ambas.
Y ahí, precisamente, está el verdadero punto de quiebre.




