
El transfeminicidio de Aitana, mujer trans y trabajadora sexual asesinada con arma blanca en el centro de Cuauhtémoc, no fue un error de cálculo ni un accidente social, sino la expresión más brutal de lo que sucede cuando el Estado decide a quién protege y a quién deja tirado. Activistas como Mayte Regina Gardea ya han alzado la voz exigiendo al gobierno estatal y federal que el crimen sea esclarecido y sancionado. El llamado no sólo es por un nombre, sino porque este tipo de violencia se repite incluso en contextos públicos y de alta visibilidad.
Los datos nacionales lo confirman, México es uno de los países con más transfeminicidios en América Latina, y la estadística oficial es apenas la punta visible de un iceberg de violencia sistemática. A nivel internacional y local, activistas señalan que la falta de tipificación y protocolos claros dificulta el acceso a la justicia y perpetúa la impunidad. En Chihuahua esta violencia no es nueva ni aislada; es parte de un patrón de omisiones que ha dejado a mujeres trans en la vulnerabilidad absoluta.
Hasta ahora no ha habido un pronunciamiento específico oficial directo de la Fiscalía de Chihuahua sobre el caso de Aitana (a diferencia de otros crímenes donde sí se informa de detenciones o avances). Ese silencio institucional se traduce para las comunidades trans en dos cosas: desprotección real y falta de garantías de justicia. Cuando el Estado no habla, la violencia sigue hablando por él.
_____________________________________________
lo ocurrido en Venezuela no puede llamarse de otra forma que invasión. No necesariamente con tanques cruzando fronteras, sino con presión política, sanciones económicas, asfixia financiera y una narrativa internacional diseñada para justificar la intromisión. Cambiar gobiernos desde fuera, bajo el pretexto de “liberar pueblos”, sigue siendo intervención, aunque hoy se haga con discursos y no con fusiles.
La soberanía no se pierde solo cuando entra un ejército, también se pierde cuando potencias extranjeras deciden quién es legítimo y quién no, quién gobierna y quién estorba. Lo de Venezuela no es un asunto de simpatías ideológicas, es un precedente peligroso: si normalizamos que un país poderoso defina el destino de otro, entonces ningún Estado está realmente a salvo. Hoy fue Venezuela; mañana puede ser cualquiera que no se alinee.







