
Chihuahua, Chih., El silencio en los pasillos del hospital psiquiátrico ya no es síntoma de paz, sino de un terror institucionalizado. Tras las puertas de las oficinas administrativas, el mando se ejerce a golpe de sospecha y hostigamiento. El personal operativo, el mismo que sostiene las guardias de 24 horas, que da la cara a los familiares en el momento más vulnerable y que atiende directamente a los pacientes, vive bajo un asedio constante.
No hay transparencia; las normas internas se reescriben a capricho y se modifican de la noche a la mañana solo para favorecer al círculo cercano de la administración, esa red de lealtades ciegas donde el mérito se reemplaza por la sumisión.
El clima laboral es una maquinaria de desgaste diseñada desde la dirección. Se incentiva activamente la delación entre compañeros con una consigna cínica y abierta: “repórtalo para poder correrlo”. La consigna ha transformado los pasillos en campos minados donde se vigila cada movimiento, esperando el mínimo descuido para abrir actas administrativas.
Mientras los puestos de jefatura se reparten entre inaptos que solo sirven para vigilar y hostigar, el personal verdaderamente comprometido es sometido a una lupa implacable. En contraste, los allegados gozan de impunidad total y privilegios inmerecidos a cambio de aplaudir cualquier ocurrencia de los altos mandos.
La fachada institucional contrasta de manera grotesca con la realidad de las salas:
El hospital carece de un director con liderazgo; en su lugar, la subdirección fue asignada a un médico sin experiencia que solo asiente ante los abusos de la administradora de la unidad. Para esta última, el presupuesto no es un recurso de salud, sino un mecanismo de enriquecimiento. Se ingresan facturas infladas por supuestas mejoras y compras ostentosas a sobreprecio mientras el nosocomio se cae a pedazos. No hay medicamentos básicos para atender una urgencia o revertir un choque anafilactico una carencia que los responsables ignoran porque están protegidos por el mismo manto de complicidad y las ambulancias y camillas permanecen inservibles.
A pesar de estas carencias críticas, la prioridad de la administración es la estética del engaño. Recientemente, se destinó un presupuesto considerable para contratar a un fotógrafo profesional encargado de capturar una fotografía institucional del personal que aparenten unión y orden, fabricando una realidad virtual para los informes oficiales.
Cuando los familiares se enfrentan a la negativa de un servicio, a la falta de fármacos o a la imposibilidad de una internación, el enojo suele recaer en las enfermeras, personal administrativo, médicos de guardia y trabajadores sociales. Pero la verdad que los usuarios deben conocer es que la negligencia no nace en la base trabajadora. El personal no es flojo ni insensible; está agotado, atado de manos y resistiendo a diario en un entorno donde la salud mental de los pacientes y la dignidad de quienes los cuidan han sido completamente abandonadas en favor de la corrupción y el acoso




