
El momento fue claro. La pregunta también. Y la reacción del alcalde Marco Bonilla no dejó dudas, cuestionar sobre el puente de la Nogales y la decisión de derribar parte de lo ya construido por supuestas “observaciones estéticas y técnicas” fue suficiente para que el edil respondiera con acusaciones, descalificaciones y señalamientos directos contra periodistas. Según el alcalde, quienes preguntan lo que debe ser son “de Morena”, están “pagados” y “plenamente identificados”. Una respuesta que, más que aclarar, encendió la alertas.
Porque aquí hay algo que no se puede ignorar y es que cuando desde el poder se etiqueta a periodistas como “pagados” o “identificados”, la línea entre crítica política y señalamiento peligroso se vuelve muy delgada. No es un tema menor. En un país donde ejercer el periodismo sigue siendo una actividad de riesgo, ese tipo de declaraciones no son simplemente una molestia política; son mensajes que pueden interpretarse como presión o incluso amenaza. Y eso, francamente, no es aceptable en ninguna democracia.
El tema escaló cuando la legisladora Brenda Ríos fue cuestionada sobre el asunto. Su respuesta fue directa, defendió el derecho de los periodistas a preguntar y rechazó la narrativa de que cuestionar sea sinónimo de atacar. Señaló que el trabajo del periodismo no es hacer preguntas cómodas, sino abordar lo que realmente preocupa a la ciudadanía. En otras palabras, lo que incomoda al poder.
Y ahí está el punto central. Preguntar por el uso de recursos públicos, por decisiones técnicas o por obras que cambian de rumbo no es un ataque. Es el trabajo. El periodismo no está para preguntar qué comió un funcionario, ni de qué color son sus zapatos, ni cuándo saldrá de vacaciones. Está para cuestionar decisiones, exigir explicaciones y poner bajo la lupa lo que impacta a la ciudadanía.
Lo más llamativo de todo esto es que la crítica no vino de un sector opositor tradicional, sino de una legisladora que dejó claro que el debate político no debe convertirse en una confrontación contra los medios libres. Porque hoy el problema no es quién pregunta, sino cómo reacciona el poder cuando alguien pregunta. Y cuando la respuesta es descalificar, algo no está bien.
El poder suele decir que quiere transparencia. Pero la transparencia real no se demuestra con discursos, sino con respuestas. Y cuando las preguntas incómodas provocan enojo, acusaciones o etiquetas políticas, la señal que se envía es clara pues el problema no es la pregunta, es que la respuesta incomoda.
Al final, el periodismo incómodo no es el enemigo. Es el termómetro de la democracia. Y cuando el poder se molesta con el termómetro, quizá no es porque esté fallando el termómetro sino porque la temperatura está subiendo.







